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¿A quién realmente le hemos fallado?

Hace exactamente tres años escribí estas líneas, y en su momento decidí no publicarlas en el blog. Aparentemente entendí que era mejor dejarlas como una nota personal y no como un pronunciamiento público. En todo caso, para el que dice que es mejor pensar antes de hablar, yo humildemente respondería que ese ejercicio, llevado al extremo, termina dejando a la gente muda. 

Fue un día ajetreado en la ciudad capital ese viernes 31 de enero del año 2013, en que yo, pobremente alimentado, tenía fijado tres eventos de día completo: recibir clases en la Escuela Nacional de la Judicatura en la mañana, reunirme con el nuevo Director Interino de Carrera Judicial en la tarde, y finalmente ir en la noche al Hotel Crowne Plaza, lugar donde se celebraría esta entrega de los Premios Nacionales de la Juventud y en el que nuevamente no ganaría. Quizás suene como un verdadero perdedor diciendo esto, pero esos premios por concurso de méritos no tienen un real valor objetivo en sí mismos (aunque el metálico y el viaje fuera del país no caen mal, que digamos), en el sentido de que con tanto talento compitiendo en los mismos renglones a nivel nacional, seleccionar una persona para ser premiada en cada renglón es el equivalente a comparar peras con manzanas, basketball con ajedrez: nadie, objetivamente hablando, puede ser mejor que otro (quizás si hubiese ganado, mi percepción sea otra, pero… ¿quién sabe?)

Aunque admito que la calidad del evento aumentó sustancialmente en esta particular entrega frente al anterior; en esta ocasión fue especial y estremecedora, ya que fue la oportunidad de conocer muy brevemente esa joven que de la que apenas había escuchado en las noticias: aquella talentosa ingeniera industrial cuya calidad de vida fue alterada para siempre por un acto injustificado de violencia, siendo atracada, recibiendo un disparo, y todo para sustraerle sus pertenencias. Esta joven, que por intervención divina hoy cuenta con la capacidad de narrar su historia personal, quedó totalmente ciega. En esas circunstancias, cualquiera -hasta aquellos más fríos, racionales y pasivos- le hubiese dado la licencia personal para sentir y externar su odio agresores; y sin embargo, en un acto inesperado para una mente tan cínica como la mía, ofreció el perdón a quienes cegaron su visión. Ese viernes por la noche, la ovación para recibir a Francina Hungría fue de pie, con un aplauso continuo que sólo fue callado cuando ella tomó la palabra mientras recibía un premio especial a la juventud, y ofrecía un discurso positivo y alentador a todo el conglomerado de jóvenes allí reunidos.

Luego de ese breve evento, esa joven retornaría a ser una nota informativa más en nuestra querida eRReDé, que uno inadvertidamente saca de circulación con noticias mas recientes y sigue -de forma indiferente- con el ritmo normal de su vida.

Mas adelante esta misma semana, su nombre y otros más han un sido tópico relevante en la palestra pública, cuando el proceso penal seguido en contra de sus supuestos agresores culminó con sentencia condenatoria (30 años) para uno de ellos, y sentencia absolutoria para los cuatro restantes. La reacción mediática no se hizo esperar, y por la ley del precedente, se hizo bastante predecible: Todo un aluvión conformado por la prensa, la pseudo-prensa, juristas y aspirantes a juristas, desde el contacto más anónimo de Facebook hasta el representante en jefe del Ministerio Público han mostrado públicamente su indignación y condenación moral a esta “benigna” y “reprochable” decisión; todo esto convirtiéndose en un huracán ante los medios sociales, con el ojo ubicado justamente en las honorables magistradas del Segundo Tribunal Colegiado. En efecto, ya todo un escenario post-procesal ha sido construido: desde la creación de programas especiales titulados: “Te fallamos, Francina”hasta la creación de campaña difamatoria en contra de las juezas de ese tribunal penal; campaña de la que no queda exento el Procurador General de la República, cuyas manifestaciones van (como en ocasiones anteriores) más allá del potencial recurso de apelación en contra de la impopular decisión. Lo peor de todo es que todas estas campañas han ido al plano personal, usando incluso el nombre de pila de las magistradas, tal si estos activistas realmente conocieran las personas detrás de Sarah Veras, Ingrid Soraya Fernández y Gisel Soto.

Personalmente, he tirado la toalla tratando de convencer a todo interlocutor, cuando toca estos temas, que una cosa es lo que se narra en la prensa y otra muy distinta lo que realmente sucede en los tribunales. Llegó un punto en una conversación con un amigo, muy educado y dispuesto a escuchar, en que le dije de manera inmerecida y ex-abrupta que si la idea era hacer un comentario social, yo ni pretendía rebatirle… es más, lo ayudaría buscando argumentos, que la justicia no sirve y que este país hay que cerrarlo con llave… todo para tratar de demostrarle que todas estas manifestaciones no son el producto de un juicio racional, sino de quien pierde los estribos (no dándome cuenta en el momento que fui yo quien perdí los estribos, al no contestar apropiadamente). Luego de esto, calmadamente procedí a adoptar una posición más metodológica y me dije que para proceder a un análisis adecuado tengo que ubicar el elemento esencial por antonomasia: La sentencia.

Siendo la sentencia el paso #1, me hice una pregunta sin respuesta al momento de este escrito: ¿Dónde está la sentencia? ¿Qué presentó el Ministerio Público en audiencia? ¿Cuáles motivos fueron esbozados para la parte absolutoria, y cuáles para la parte condenatoria? ¿Por qué treinta años?. De todo esto sólo puedo elaborar hipótesis infundadas, pero jamás un juicio acabado sobre la verdad construida en ese proceso y que finalizó con la sentencia que no tengo a mano.

En estas circunstancias, no puedo defender a la magistrada Ingrid Soraya Fernandez, quien he tenido la oportunidad de conocer y darme cuenta que es una agradable persona y muy dispuesta a su trabajo; tampoco puedo defender a la magistrada Sarah Veras, un excelente ser humano antes que jueza, muy amiga de la familia desde hace buen tiempo, pero sobre todo, una lumbrera en derecho procesal penal, tal y como se evidencia con sus diversos logros en el área. Pero sobre todo, no entiendo qué es lo que se debe defender, analizar o acusar sin tener el porqué en mis manos; un porqué tan necesario que tampoco lo tiene el honorable PGR, cuyos pronunciamientos se alejan del Derecho y se aproximan más a un proyecto político.

Al final, tanto los medios como las autoridades que han tomado esta oportunidad para ser nuevamente relevantes, cimientan su jugada en el buen nombre y reputación de estas magistradas, que sirven de chivos expiatorios para todas las políticas públicas fallidas o defectuosas de nuestro Estado de Derecho. El derecho penal es el último dique de la política criminal del Estado, y atribuir todos los males del mundo (como lo hace este activismo arrasador) a esta impopular sentencia, es negar la existencia de males que le preceden e imaginar que con una sentencia super-condenatoria se puede, no sólo devolver la vista a la joven Francina, sino además enmendar la plana a toda la sociedad dominicana, que de por sí vive en un paso a desnivel: Por cada Francina Hungría que sufre públicamente la atrocidad de la delincuencia, éste último mal no viene a desaparecer con una actitud vengativa, sino con el desarrollo de políticas preventivas para que otra persona por tenga que pasar nuevamente la misma experiencia.

¿Estamos acaso otorgándole mayor función y relevancia al Derecho Penal de la que realmente tiene?… Personalmente, no creo en la erradicación del Derecho Penal, y más bien considero que debe reforzarse su finalidad preventiva. Pero de ahí a que una pena tenga un efecto retroactivo, y restaure los cosas a su estado anterior es una noción idílica e irrealizable que sobrepasa la utopía en que muchos de nosotros quisiéramos vivir.

El hecho delictivo en manos es lamentable; que ese hecho haya quedado parcialmente impune, más lamentable aún. Pero una sociedad organizada debe elevar su nivel de respuesta al de una turba iracunda e irracional. Por ello es que los procesos son públicos, igual su resultado final en forma de sentencias y resoluciones judiciales. Antes de acudir a métodos primitivos, ¿no es mejor hacer uso del derecho a la información y documentarse de todos los acontecimientos al respecto?

Es lo que finalmente pido en este escrito, ya que la persona más afectada por todo esto hizo algo que elevo nuestra categoría como seres humanos: ofreció el perdón. Antes de que esto se malinterprete, no pido la liberación o el perdón judicial de la pena de una persona culpable de un hecho tan atroz (de hecho, legalmente no procede); lo que pido es que la actuación de la plebe vaya de la mano con una cabeza fría, meditada y que se pueda identificar con las herramientas legales que realmente tiene a mano. Porque si nos dejamos llevar por el odio, el sentimiento de indignación, y por saciar una sed inacabable de venganza, estaríamos fallando como parte de la sociedad a la que Francina pertenece.

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Los tribunales de justicia: entre la ficción y la realidad

moz-screenshot.pngEste artículo lo escribí con motivo al editorial “De buena tinta” del periódico digital Diario Libre de fecha 07 de septiembre del 2013 titulado “Estos jueces no aprenden”. Hoy, hace casi tres años ya… las cosas no parecen cambiar. 

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