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#ApuntesTAJ 03: La concepción material. Tópica Jurídica.

La presente es parte de una colección de apuntes sobre Teorías de la Argumentación Jurídica (TAJ) en donde se exponen varios trabajos, ensayos, informes y discusiones acerca del rico mundo del Derecho como argumentación. Con todos sus detractores y críticas puntuales, es indudable que el Derecho ha pasado por un verdadero “giro argumentativo” en donde se puede afirmar -sin lugar a dudas- que sin argumentación no hay Derecho.

Habiendo trabajado con algunas nociones generales, y abordado con la concepción formal de Argumentación Jurídica, pasamos ahora a la denominada concepción material, que se enfoca esencialmente en la verdad y corrección de las premisas. Para ello, trabajaremos especialmente con la ciencia de los lugares comunes: La tópica jurídica.


ii. Algunas concepciones de la Argumentación Jurídica.

2.- La concepción material

Esta se distingue de la lógica formal en el sentido de que, más que ofrecer esquemas formales de argumentación, la actividad argumentativa se centra en el descubrimiento de las premisas. Es por ello que uno de los autores que mejor se identifica con esta concepción es Theodor Viehweg y su tópica jurídica. Otro buen autor que se perfila en esta concepción es Joseph Raz, quien verifica las normas como “razones para la acción”.

Un poco sobre tópica jurídica: Desde Aristóteles hasta Viehweg.

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“La tópica constituye, en efecto, parte de la retórica, esto es, de una disciplina que tuvo una gran importancia en la Antigüedad y en la Edad Media, e incluso con posterioridad hasta la época del racionalismo”. En efecto, la jurisprudencia en Roma y durante la Edad Media ha sido esencialmente una jurisprudencia tópica[1], ya que el estilo del jurista romano se basaba en el planteamiento de un problema para el que se trataba de encontrar argumentos, y no en la elaboración de un sistema conceptual.

De los precursores de la tópica se encuentra Aristóteles, quien en su obra así titulada expone que: “El presente tratado se propone encontrar un método que nos hará capaces de razonar deductivamente, apoyándonos sobre ideas admitidas, acerca de todos los temas que puedan presentarse, y que, cuando debamos defender una afirmación, nos hará capaces asimismo de no decir nada que le sea contrario[2].

Aristóteles parte de la premisa de que el coloquio dialéctico, en realidad no es una libre conversación ni una discusión anárquica, sino que se encuentra aprisonado dentro de una red de convenciones y reglas que es muy establecedor concebir dentro del modelo de códigos institucionales que reglamentan la práctica de un deporte o de un juego y que sujetan, según líneas bien definidas, el desarrollo concreto de toda ‘partida’ real o posible. “La discusión dialéctica es un juego de a dos; la pareja de jugadores encarna, a la vez, dos posiciones binarias: la de la afirmación y la de la negación, la de la victoria y la de la derrota; el fenómeno dialéctico nace de la conjugación de estas dos oposiciones. Sin embargo, el duelo obedece a reglas que se imponen por igual a los dos adversarios. No se trata de vencer a cualquier precio; la victoria puede ser mal obtenida y la derrota, honorable. Aparte y por encima de sus fines propios, los jugadores tienen un fin común, con miras al que unen sus esfuerzos, que es el de dar a su enfrentamiento un contenido rico y una forma regular. Es por eso que, normalmente, parece requerida la presencia de un auditorio o de un árbitro, protector y juez de esta regularidad”[3].

Aristóteles propone los lugares comunes o tópicos como puntos de vista lógicos desde los cuales se puede considerar un tema: definición, partes o elementos, atributos o cualidades, relaciones de género y especie, causas y efectos, vinculaciones, semejanzas, diferencias y contrarios.

Para dar lugar a un debate, es necesario que el problema sea discutible y que, de dos respuestas que se pueda aportar, ninguna se imponga con demasiada evidencia, ya se trate, por lo demás, de la evidencia sensible, ya, también, de una evidencia moral no menos inmediata; pero conviene igualmente que la aporía que él suscita no sea tan profunda como para que su resolución necesite de pasos demasiado largos y demasiado complicados. Lo esencial en esto es que la partida sea más o menos igual entre los dos contendientes.

Aristóteles parte de una caracterización de los argumentos dialécticos en relación con los argumentos apodícticos o demostrativos, los argumentos erísticos y las pseudo-conclusiones o paralogismos. Los argumentos de la tópica (dialécticos) parten de lo opinable o verosímil, siendo entonces las conclusiones dialécticas -al igual que las apodícticas- formalmente correctas. La tópica de Aristóteles es el descubrimiento de las premisas, de la distinción de los sentidos de las palabras, de géneros y especies y del descubrimiento de analogías.

Dentro del estudio de la argumentación jurídica, la tópica se convirtió en una forma de rechazo a la lógica formal como instrumento para analizar los razonamientos jurídicos. En efecto, ha sido Viehweg quien encomendó su obra jurídica a revivir el pensamiento tópico y retórico que en tiempos pasados se tenía para la teoría y la práctica jurídica; interés que prevaleció en la época clásica y fue desapareciendo con el pensamiento matemático-cartesiano de Descartes. “La tópica ha dejado de ser un simple recurso estilístico, y se ha convertido en un concepto polémico que incluso cuestiona la cientificidad de la dogmática jurídica”[4]. Dentro de las características esenciales de la tópica detalladas por García Amado tenemos:

  • Desde el punto de vista de su objeto, se afirma que la tópica es una técnica del pensamiento problemático; esto así, ya que para la solución de los problemas jurídicos este método se aparta de la visión sistemática enfocándose directamente en el problema. Dentro de esa noción existen las denominadas “aporías” que son problemas ineludibles, que admiten más de una respuesta como solución (desde una perspectiva sistemática), pero paradójicamente requieren una única respuesta para el caso concreto.
  • Desde el punto de vista instrumental, e interrelacionado con la anterior idea, lo que resulta central es la visión de los topos o lugares comunes (topos koinos);
  • Finalmente, en cuanto a la perspectiva de la actividad, la tópica es el ars inveniendi o el arte de descubrir las premisas, que aplicado a la teoría de la argumentación jurídica, sería el arte de hallar los argumentos. De aquí que el repertorio o arsenal de argumentos que conforma la tópica no son limitativos, sino elásticos.

En la tópica de Viehweg, la tópica se caracteriza como un ars inveniendi, es decir, como una técnica de pensamiento problemático cuyo epicentro es la noción de topos o lugar común. “Lo importante en la argumentación jurídica no es el ars iudicandi, técnica consistente en inferir unas proposiciones de otras (…) sino el ars inveniendi, el descubrimiento y examen de las premisas”.

Es en esta concepción que se plantea una distinción entre la justificación interna y externa, donde la primera refiere a la validez de una inferencia a partir de premisas dadas, reduciendo el razonamiento jurídico a una cuestión de lógica deductiva (la teoría del silogismo judicial); mientras que la justificación externa se enfoca en justificar las premisas, para lo que se debe traspasar el campo de lo formal. De ahí se producen teorías de la interpretación jurídica, sobre la valoración de las pruebas, etc.

Los tópicos o lugares -catálogos de entimemas demostrativos y de los entimemas ficticios o aparentes (sofismas)- se estudian en los Tópicos y las Refutaciones Sofísticas. Los tópicos sirven como archivos de temas fundamentales o útiles, al servicio de la inventio del orador. Aristóteles concibe la “invención” como una elección consciente a partir de un número fijo de posibilidades alternativas.

Lugares comunes  → caudal de conocimientos humanos generales (sentido común)

Lugares específicos → conjunto de conocimientos de alguna ciencia o doctrina.

Además de la tópica de Viehweg, están los aportes antemencionados de Raz al razonamiento práctico, en donde las premisas no son simplemente enunciados, sino razones que –en sí mismas– bastan para imponer “…cierto curso de acción, siempre que no hayan otros factores que la derroten”. Igualmente postulados como los de Ronald Dworkin y Carlos Nino realizan aportes importantes para el entendimiento del razonamiento práctico, elemento indispensable en la concepción material de la argumentación jurídica.

Atm

[1] Un buen ejemplo es el objetivo principal del ius civile eran colecciones de reglas -tópicos- que se legitimaban en cuanto que eran aceptados por hombres notables, dotados de prestigio.

[2] Aristóteles, “Tópica”, Libro I, 1, 100ª 18-21

[3] Idem, Cfr. VIII, 11, 161ª 20-21, 37-38

[4] GARCIA AMADO, “Tópica, Derecho y Método Jurídico”, en: “Doxa”, 1987, núm. 4, p.161. Tanto este trabajo académico, como su posterior libro en 1988, han sido estudios exhaustivos a la obra de Theodor Viehweg, “Tópica y Jurisprudencia”.
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Apuntes de TAJ 02: Algunas concepciones…

La presente es parte de una colección de apuntes sobre Teorías de la Argumentación Jurídica (TAJ) en donde se exponen varios trabajos, ensayos, informes y discusiones acerca del rico mundo del Derecho como argumentación. Con todos sus detractores y críticas puntuales, es indudable que el Derecho ha pasado por un verdadero “giro argumentativo” en donde se puede afirmar -sin lugar a dudas- que sin argumentación no hay Derecho.

Tal cual adelantamos en el capítulo anterior, si bien el Derecho no puede reducirse a argumentación, este enfoque contribuye de forma decisiva a una mejor teoría y a una mejor práctica jurídica. Sin embargo, no todos los autores que versan sobre argumentación jurídica la refieren de la misma manera, y en ese tenor se identifican tres concepciones esenciales: formal, material y pragmática. Habiendo trabajado con algunas nociones generales, ahora pasamos con la concepción formal de Argumentación Jurídica.


ii. Algunas concepciones de la Argumentación Jurídica.

1.- La concepción formal. 

Esta se funda en las reglas de la inferencia, es decir, un encadenamiento de proposiciones, donde lo importante es aquello que sea deductivamente válido: si las premisas son verdaderas, entonces también lo es necesariamente la conclusión. Este tipo de argumentación es característica de los lógicos (si P, entonces Q).

Este modelo ofrece esquemas de argumentación, que sirven para controlar la corrección de nuestros argumentos.

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Mapa conceptual de las formas elementales del pensamiento lógico. Siendo la lógica la matriz de la concepción formal de la argumentación jurídica, consideramos prudente explorar algunos de sus elementos característicos.

I. Un poco sobre el método jurídico tradicional: la lógica formal deductiva.

Este modelo, aunque rescatable en algunos puntos, resulta poco eficaz hoy en día para hablar de seguridad jurídica, tomando consideración que hemos superado varios paradigmas del Estado Legal para lo que hoy denominamos el Estado de Derecho Constitucional. Para justificar este punto, primero explicaremos brevemente en qué consiste el modus barbara, para luego adentrarnos respecto a su nivel de eficacia en otros tiempos, así como sus principales deficiencias a la hora de adjudicar, para finalmente aterrizar en las condiciones mínimas del razonamiento jurídico como criterio de seguridad jurídica frente a la labor judicial.

1. ¿Qué es el modus barbara? Es un modelo lógico-deductivo aplicado al campo del Derecho, donde se presume la posibilidad de que en todo caso judicial puede hacerse un silogismo perfecto, teniendo como premisa mayor (PM) la ley general, por premisa menor (pm) la acción conforme o no con la ley, de donde se infiere por consecuencia la libertad o la pena. En esencia, suponer la eficacia de un modelo lógico-deductivo implica imaginar que todos los casos son simples o “de cajón”, en donde no haya duda:

  • en las premisas fácticas (si el imputado procedió a quitarle la vida a la víctima),
  • en las premisas interpretativas (si esa conducta puede considerarse un homicidio),
  • en las premisas normativas (que la legislación vigente realmente prohíba el homicidio), y
  • en las premisas conclusivas (que, verificados todos los elementos anteriores, procede condenar al imputado por homicidio).

2. ¿Cuáles son las fortalezas de este modelo lógico-deductivo? Su principal fortaleza es que otorga una ‘seguridad jurídica’ formal, en el sentido, que pretende reducir el activismo judicial dentro de los casos del juez frente a cuestiones previstas por el legislador, en donde únicamente debe limitarse a aplicar mecánicamente el Derecho vigente. Y en el caso de imprevisión, hacer uso de los métodos de interpretación creados para la solución de casos no previstos. En otras palabras, su fuerte (hoy ampliamente discutido) es brindar racionalidad formal al Derecho.

3. ¿Cuáles son las debilidades del modus barbara? La principal debilidad de este modelo es que, para que sea eficaz, tiene que dar por ciertas las premisas conforme a las cuales se llega a la solución del caso; es imaginar una relación nítida y sin tensiones entre el Derecho y la sociedad en que debe ser implementada. En efecto, la realidad nos muestra que los casos judiciales son, por lo general, problemáticos, donde algunos o todos estos elementos materiales no están del todo claro, y donde una mera lógica transicional no basta para dar con una solución jurídicamente aceptable. Cuando a finales del siglo XIX se produce la crisis en el método jurídico tradicional, la misma se extiende hacia este modus, ya que al presentarse una sociedad con diversos intereses y valores sociales, se rompe con la noción de que las normas jurídicas son una mera formulación de un Derecho real existente entre la sociedad.

Los aportes de autores como Kelsen implicaron una formalización del silogismo Modus Barbara en base a su concepción dinámica del Derecho: las normas jurídicas deben ser obedecidas de manera general, no por su contenido material o valor, sino por su forma lógico-deductiva. Sin embargo, aun con esta redimensión kelseniana, este modelo de razonamiento jurídico resulta insatisfactorio a las necesidades jurídicas contemporáneas, y esto pudo evidenciarse con los eventos de mediados del siglo XX, específicamente los crímenes cometidos durante el tercer Reich, en donde se acusa al formalismo de propiciar que el nazismo (y sus leyes positivas) se hiciera del poder en Alemania. A esto autores como Radbruch estableciendo una fórmula que se sumariza en el siguiente pensamiento: “Un Derecho extremadamente injusto no es Derecho”. Con este elemento se introduce elementos materiales como condición de validez, tanto de la norma jurídica, como del sistema jurídico en sentido general, consistente en mínimos morales relacionados con derechos fundamentales, no suprimibles ni por modificaciones legales ni por la voluntad política de la mayoría.

4. ¿Cuáles son las condiciones mínimas del razonamiento jurídico para garantizar la seguridad jurídica de forma eficaz actualmente?

Para dar respuesta a esta pregunta, cabe destacar que la ‘Seguridad Jurídica’ como concepto ha variado del paso del Estado de Derecho Legal al Estado Constitucional de Derecho, en donde la misma no reside precisamente en el totalitarismo estatal ni en el imperio de la ley, sino en la tutela efectiva de los derechos fundamentales de los ciudadanos que componen el Estado, quien tiene esta principal función. Para ello, se hizo necesaria una reformulación del Método Jurídico, que incluye una nueva concepción del valor jurídico de la Constitución, donde sus estipulaciones se configuran como normas supremas cuyo valor está por encima de los poderes del Estado, lo cual hace indisponibles los primeros por los últimos. Otra adición es la creación de Tribunales Constitucionales la mera aplicación del silogismo judicial, sino que su tarea es una corrección de constitucionalidad, y puede perfectamente corregir al Poder Legislativo representante de la Soberanía Popular.

De aquí que se hace necesario evaluar elementos materiales que no pueden ser sopesados desde el modelo modus barbara. La justificación interna ya no suple las necesidades de una sociedad democrática y plural, en donde las soluciones a los casos difíciles van más allá del esquema monocromático del formalismo jurídico, en donde establecer la premisa fáctica o normativa exige nuevas argumentaciones que pueden o no ser deductivas… en donde la justificación correcta en Derecho implica ir más allá de lógica en sentido estricto.

 

¿A quién realmente le hemos fallado?

Hace exactamente tres años escribí estas líneas, y en su momento decidí no publicarlas en el blog. Aparentemente entendí que era mejor dejarlas como una nota personal y no como un pronunciamiento público. En todo caso, para el que dice que es mejor pensar antes de hablar, yo humildemente respondería que ese ejercicio, llevado al extremo, termina dejando a la gente muda. 

Fue un día ajetreado en la ciudad capital ese viernes 31 de enero del año 2013, en que yo, pobremente alimentado, tenía fijado tres eventos de día completo: recibir clases en la Escuela Nacional de la Judicatura en la mañana, reunirme con el nuevo Director Interino de Carrera Judicial en la tarde, y finalmente ir en la noche al Hotel Crowne Plaza, lugar donde se celebraría esta entrega de los Premios Nacionales de la Juventud y en el que nuevamente no ganaría. Quizás suene como un verdadero perdedor diciendo esto, pero esos premios por concurso de méritos no tienen un real valor objetivo en sí mismos (aunque el metálico y el viaje fuera del país no caen mal, que digamos), en el sentido de que con tanto talento compitiendo en los mismos renglones a nivel nacional, seleccionar una persona para ser premiada en cada renglón es el equivalente a comparar peras con manzanas, basketball con ajedrez: nadie, objetivamente hablando, puede ser mejor que otro (quizás si hubiese ganado, mi percepción sea otra, pero… ¿quién sabe?)

Aunque admito que la calidad del evento aumentó sustancialmente en esta particular entrega frente al anterior; en esta ocasión fue especial y estremecedora, ya que fue la oportunidad de conocer muy brevemente esa joven que de la que apenas había escuchado en las noticias: aquella talentosa ingeniera industrial cuya calidad de vida fue alterada para siempre por un acto injustificado de violencia, siendo atracada, recibiendo un disparo, y todo para sustraerle sus pertenencias. Esta joven, que por intervención divina hoy cuenta con la capacidad de narrar su historia personal, quedó totalmente ciega. En esas circunstancias, cualquiera -hasta aquellos más fríos, racionales y pasivos- le hubiese dado la licencia personal para sentir y externar su odio agresores; y sin embargo, en un acto inesperado para una mente tan cínica como la mía, ofreció el perdón a quienes cegaron su visión. Ese viernes por la noche, la ovación para recibir a Francina Hungría fue de pie, con un aplauso continuo que sólo fue callado cuando ella tomó la palabra mientras recibía un premio especial a la juventud, y ofrecía un discurso positivo y alentador a todo el conglomerado de jóvenes allí reunidos.

Luego de ese breve evento, esa joven retornaría a ser una nota informativa más en nuestra querida eRReDé, que uno inadvertidamente saca de circulación con noticias mas recientes y sigue -de forma indiferente- con el ritmo normal de su vida.

Mas adelante esta misma semana, su nombre y otros más han un sido tópico relevante en la palestra pública, cuando el proceso penal seguido en contra de sus supuestos agresores culminó con sentencia condenatoria (30 años) para uno de ellos, y sentencia absolutoria para los cuatro restantes. La reacción mediática no se hizo esperar, y por la ley del precedente, se hizo bastante predecible: Todo un aluvión conformado por la prensa, la pseudo-prensa, juristas y aspirantes a juristas, desde el contacto más anónimo de Facebook hasta el representante en jefe del Ministerio Público han mostrado públicamente su indignación y condenación moral a esta “benigna” y “reprochable” decisión; todo esto convirtiéndose en un huracán ante los medios sociales, con el ojo ubicado justamente en las honorables magistradas del Segundo Tribunal Colegiado. En efecto, ya todo un escenario post-procesal ha sido construido: desde la creación de programas especiales titulados: “Te fallamos, Francina”hasta la creación de campaña difamatoria en contra de las juezas de ese tribunal penal; campaña de la que no queda exento el Procurador General de la República, cuyas manifestaciones van (como en ocasiones anteriores) más allá del potencial recurso de apelación en contra de la impopular decisión. Lo peor de todo es que todas estas campañas han ido al plano personal, usando incluso el nombre de pila de las magistradas, tal si estos activistas realmente conocieran las personas detrás de Sarah Veras, Ingrid Soraya Fernández y Gisel Soto.

Personalmente, he tirado la toalla tratando de convencer a todo interlocutor, cuando toca estos temas, que una cosa es lo que se narra en la prensa y otra muy distinta lo que realmente sucede en los tribunales. Llegó un punto en una conversación con un amigo, muy educado y dispuesto a escuchar, en que le dije de manera inmerecida y ex-abrupta que si la idea era hacer un comentario social, yo ni pretendía rebatirle… es más, lo ayudaría buscando argumentos, que la justicia no sirve y que este país hay que cerrarlo con llave… todo para tratar de demostrarle que todas estas manifestaciones no son el producto de un juicio racional, sino de quien pierde los estribos (no dándome cuenta en el momento que fui yo quien perdí los estribos, al no contestar apropiadamente). Luego de esto, calmadamente procedí a adoptar una posición más metodológica y me dije que para proceder a un análisis adecuado tengo que ubicar el elemento esencial por antonomasia: La sentencia.

Siendo la sentencia el paso #1, me hice una pregunta sin respuesta al momento de este escrito: ¿Dónde está la sentencia? ¿Qué presentó el Ministerio Público en audiencia? ¿Cuáles motivos fueron esbozados para la parte absolutoria, y cuáles para la parte condenatoria? ¿Por qué treinta años?. De todo esto sólo puedo elaborar hipótesis infundadas, pero jamás un juicio acabado sobre la verdad construida en ese proceso y que finalizó con la sentencia que no tengo a mano.

En estas circunstancias, no puedo defender a la magistrada Ingrid Soraya Fernandez, quien he tenido la oportunidad de conocer y darme cuenta que es una agradable persona y muy dispuesta a su trabajo; tampoco puedo defender a la magistrada Sarah Veras, un excelente ser humano antes que jueza, muy amiga de la familia desde hace buen tiempo, pero sobre todo, una lumbrera en derecho procesal penal, tal y como se evidencia con sus diversos logros en el área. Pero sobre todo, no entiendo qué es lo que se debe defender, analizar o acusar sin tener el porqué en mis manos; un porqué tan necesario que tampoco lo tiene el honorable PGR, cuyos pronunciamientos se alejan del Derecho y se aproximan más a un proyecto político.

Al final, tanto los medios como las autoridades que han tomado esta oportunidad para ser nuevamente relevantes, cimientan su jugada en el buen nombre y reputación de estas magistradas, que sirven de chivos expiatorios para todas las políticas públicas fallidas o defectuosas de nuestro Estado de Derecho. El derecho penal es el último dique de la política criminal del Estado, y atribuir todos los males del mundo (como lo hace este activismo arrasador) a esta impopular sentencia, es negar la existencia de males que le preceden e imaginar que con una sentencia super-condenatoria se puede, no sólo devolver la vista a la joven Francina, sino además enmendar la plana a toda la sociedad dominicana, que de por sí vive en un paso a desnivel: Por cada Francina Hungría que sufre públicamente la atrocidad de la delincuencia, éste último mal no viene a desaparecer con una actitud vengativa, sino con el desarrollo de políticas preventivas para que otra persona por tenga que pasar nuevamente la misma experiencia.

¿Estamos acaso otorgándole mayor función y relevancia al Derecho Penal de la que realmente tiene?… Personalmente, no creo en la erradicación del Derecho Penal, y más bien considero que debe reforzarse su finalidad preventiva. Pero de ahí a que una pena tenga un efecto retroactivo, y restaure los cosas a su estado anterior es una noción idílica e irrealizable que sobrepasa la utopía en que muchos de nosotros quisiéramos vivir.

El hecho delictivo en manos es lamentable; que ese hecho haya quedado parcialmente impune, más lamentable aún. Pero una sociedad organizada debe elevar su nivel de respuesta al de una turba iracunda e irracional. Por ello es que los procesos son públicos, igual su resultado final en forma de sentencias y resoluciones judiciales. Antes de acudir a métodos primitivos, ¿no es mejor hacer uso del derecho a la información y documentarse de todos los acontecimientos al respecto?

Es lo que finalmente pido en este escrito, ya que la persona más afectada por todo esto hizo algo que elevo nuestra categoría como seres humanos: ofreció el perdón. Antes de que esto se malinterprete, no pido la liberación o el perdón judicial de la pena de una persona culpable de un hecho tan atroz (de hecho, legalmente no procede); lo que pido es que la actuación de la plebe vaya de la mano con una cabeza fría, meditada y que se pueda identificar con las herramientas legales que realmente tiene a mano. Porque si nos dejamos llevar por el odio, el sentimiento de indignación, y por saciar una sed inacabable de venganza, estaríamos fallando como parte de la sociedad a la que Francina pertenece.

Sobre la Resolución 1-2016 y el problema normativo en RD.

Planteamiento.

El 8 de febrero del año 2016, el Consejo del Poder Judicial aprobó la Resolución 1-2016, pretendiendo con ella la modificación del Reglamento de los Tribunales Superiores de Tierras y de Jurisdicción Original de la Jurisdicción Inmobiliaria. El uso del verbo “pretender” en la oración anterior no ha sido accidental ni por ligereza, sino la reacción que produce en el foro judicial la idea de que una disposición que cumple con ciertas pautas constitucionales pueda surtir efectos normativos: es una pretensión, no necesariamente una aserción. Pero esto no es más que un leve síntoma del principal problema que tiene República Dominicana, en cuanto a teoría de la norma se refiere, y es la idea de que cualquier disposición por escrita puede considerarse una ley de alcance general, como expondremos brevemente.

(más…)

La concepción pragmático-dialéctica de Robert Alexy

equidad-de-genero.jpgEl siguiente es un trabajo práctico respecto a la concepción de Robert Alexy de la Argumentación Jurídica, como parte de las asignaciones de la materia de “Razonamiento Jurídico”, impartida dentro del Programa de Especialidad en “Redacción Expositiva y Argumentativa de las Decisiones Judiciales” en la Escuela Nacional de la Judicatura (2013-2014).

El siguiente es, a su vez, un resumen del libro “Las Razones del Derecho“, de Manuel Atienza, que en uno de sus apartados refiere a esta concepción.En otras palabras, todo el contenido es voz ajena, de la que me he limitado a transcribir y resumir alguna de las ideas principales.


La teoría de la argumentación jurídica elaborada por Robert Alexy toma de fuentes muchos elementos de otros autores (Hare, Toulmin, Perelman, etc.), y entre ellos se destacan los trabajos de Jurgen Habermas[1].

Habermas, a su vez, traslada su concepción sobre la verdad desde el nivel semántico a un nivel pragmático, en donde la verdad pasa de referirse al sentido de las proposiciones y normas, hacia la verdad en cuanto referida a los actos que se realizan al decir algo: afirmaciones, promesas, mandatos, etc. Según este filósofo alemán, en todo acto de habla dirigido a una comprensión mutua, el hablante erige una pretensión de validez, es decir, pretende que lo dicho por él es válido o verdadero en un sentido amplio; pero esta pretensión de validez significa cosas distintas según el tipo de acto de habla de que se trate: constatativos (afirmar, referir, explicar, etc.), regulativos (mandatos, exigencias, amonestaciones, etc.), representativos (revelar, descubrir, admitir, ocultar).

En los actos de habla consensuales (los que tienen como meta la obtención de un consenso o acuerdo), se presupone el reconocimiento recíproco de cuatro pretensiones:

  1. Que entre el hablante y el oyente puedan entenderse entre sí, con una expresión inteligible;
  2. El hablante tiene que tener la intención de comunicar un sentido proposicional verdadero para que el oyente pueda compartir el saber del hablante;
  3. El hablante tiene que querer manifestar sus intenciones verazmente para que el oyente pueda creer sus emisiones (similar al ethos, en la retórica aristotélica);
  4. El hablante tiene que elegir una emisión correcta en relación a las normas y valores para que el oyente pueda aceptar su emisión, de modo que el hablante y el oyente puedan coincidir entre sí en lo que se refiere al trasfondo normativo conocido.

“El hablante tiene que dar razones para tratar de fundamentar el hecho de que sus aserciones son verdaderas (discurso teórico) o que una determinada acción o norma de acción es correcta (discurso práctico)”.

Se trata en resumidas cuentas, la teoría de Habermas, de una teoría procedimental.

 

La teoría del discurso procedimental se construye en base a tres elementos esenciales: a los individuos que participan en el mismo, a las exigencias que se imponen al procedimiento, y a la peculiaridad del proceso de decisión.

En cuanto a los individuos que participan en el mismo, la teoría del discurso se caracteriza porque en el procedimiento puede participar un número ilimitado de individuos en la situación en que realmente existen;

En cuanto a las exigencias, éstas pueden formularse como condiciones o reglas.

En cuanto al proceso de decisión, se puede incluir o no la posibilidad de la modificación de las convicciones normativas de los individuos, existentes al comienzo del procedimiento. “las convicciones fácticas y normativas, pueden ser modificadas en virtud de argumentos presentados en el curso del procedimiento. (Alexy, 1985b, pág. 47)

Trilema de Munchausen: Cuando se pretende fundamentar una proposición mediante otra proposición, o bien nos vemos abocados a un regreso al infinito, o bien hay que renunciar a fundamentar en un determinado momento y la fundamentación se sustituye por una decisión, o la fundamentación se vuelve circular.

La salida de este problema puede reposar en una teoría procedimental, estableciendo exigencias en la actividad de la fundamentación, esto es, reglas de la discusión racional, cuyo cumplimiento garantiza que el resultado sea racional. Pero que el resultado sea racional, no significa que será absolutamente correcto.

Las reglas del discurso racional no sólo refieren a las proposiciones, sino al comportamiento del hablante, lo que significa que no son sólo reglas semánticas, sino también reglas pragmáticas.

Alexy en ese sentido propone cuatro vías para fundamentar las reglas del discurso, siendo la cuarta la vía pragmático-trascendental o pragmático-universal, que consiste en mostrar que la validez de determinadas reglas es condición de posibilidad de la comunicación lingüística, es decir, que sin ellas no existe una comunicación efectiva. La fundamentación pragmático-universal suministra la base para la fundamentación de las reglas del discurso, pero sólo permite fundamentar muy pocas reglas.


 

Las reglas y formas del discurso práctico general

  1. Las reglas fundamentales, cuya validez es condición para cualquier comunicación lingüística en que se trate de la verdad o de la corrección; aplican al discurso teórico y al práctico.
  • Ningún hablante puede contradecirse
  • Todo hablante sólo puede afirmar aquello que él mismo cree
  • Todo hablante que aplique un predicado F a un objeto A debe estar dispuesto a aplicar F también a cualquier otro objeto igual a A en todos los aspectos relevantes.
  • Distintos hablantes no pueden usar una misma expresión con distintos significados.

 

  1. Las reglas de la razón, que definen las condiciones más importantes para la racionalidad del discurso; definen un ideal al que cabe aproximarse por medio de la práctica y de medidas organizativas.
  • Todo hablante debe, cuando se le pide, fundamentar lo que afirma, a no ser que pueda dar razones que justifiquen el rechazar una fundamentación
  • Quien pueda hablar puede tomar parte del discurso
    • Todos pueden problematizar cualquier aserción
    • Todos pueden introducir cualquier aserción en el discurso
    • Todos pueden expresar sus opiniones, deseos y necesidades
  • A ningún hablante puede impedírsele ejercer sus derechos fijados en 2.1 y en 2.2. mediante coacción interna o externa del discurso.

 

  1. Las reglas sobre la carga de la argumentación. El uso irrestricto de las anteriores reglas podría bloquear la argumentación, por lo que se necesita añadir este tercer grupo de reglas esencialmente técnicas para facilitar la argumentación.
  • Quien pretende tratar a una persona A de manera distinta que a B, está obligado a fundamentarlo;
  • Quien ataca una proposición o una norma que no es objeto de la discusión debe dar una razón para ello;
  • Quien ha aducido un argumento sólo está obligado a dar más argumentos en caso de contraargumentos;
  • Quien introduce en el discurso una afirmación o manifestación sobre sus opiniones, deseos o necesidades que no se refiera como argumento a una anterior manifestación tiene, si se le pide, que fundamentar por qué introdujo esa afirmación o manifiesto.

 

  1. Las formas de los argumentos. Este cuarto grupo lo constituyen las formas de argumento específicas del discurso práctico. Alexy, en este sentido señala que existen dos maneras de fundamentar un argumento normativo singular: (a) por referencia a una regla; (b) señalando sus consecuencias.
  • Supuesto de hecho (T), Regla (R), entonces enunciado normativo singular (N)
  • Consecuencia (F), Regla (R), entonces enunciado normativo singular (N)

 

  1. Las reglas de fundamentación. Estas se refieren específicamente a las características de la argumentación práctica y regulan la forma de llevar a cabo la fundamentación mediante las formas anteriores.
  • Variantes del principio de universalidad
    • Quien afirma una proposición normativa que presupone una regla para la satisfacción de los intereses de otras personas, debe poder aceptar las consecuencias de dicha regla también en el caso hipotético de que él se encontrara en la situación de aquellas personas;
    • Las consecuencias de cada regla para la satisfacción de los intereses de cada uno deben poder ser aceptadas por todos;
    • Toda regla debe poder enseñarse de forma abierta y general
  • Reglas dirigidas a garantizar la racionalidad a través de su génesis social e individual
    • Las reglas morales que sirven de base para las concepciones morales del hablante deben poder pasar la prueba de su génesis histórico-crítica.
    • Las reglas morales que sirven de base para las concepciones morales del hablante deben poder pasar la prueba de su génesis histórico-individual.

 

  1. Las reglas de transición, parten del hecho de que en el discurso práctico surgen problemas que obligan a recurrir a otros tipos de discurso; puede tratarse de problemas sobre hechos (discurso teórico), de problemas lingüísticos y conceptuales (discurso del análisis del lenguaje), o cuestiones concernientes a la propia discusión práctica.
  • Para cualquier hablante, y en cualquier momento, es posible pasar a un discurso teórico;
  • Para cualquier hablante, y en cualquier momento, es posible pasar a un discurso de análisis del lenguaje;
  • Para cualquier hablante, y en cualquier momento, es posible pasar a un discurso de teoría del discurso.

 

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[1] Filósofo y sociólogo alemán, conocido sobre todo por sus trabajos en filosofía práctica (ética, filosofía política y del derecho).

Los tribunales de justicia: entre la ficción y la realidad

moz-screenshot.pngEste artículo lo escribí con motivo al editorial “De buena tinta” del periódico digital Diario Libre de fecha 07 de septiembre del 2013 titulado “Estos jueces no aprenden”. Hoy, hace casi tres años ya… las cosas no parecen cambiar. 

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El Derecho no es lógica, sino más bien experiencia (Holmes)

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Oliver Wendell Holmes (1841-1935)

En el desarrollo de las Teorías de Argumentación Jurídica (TAJ), el profesor Manuel Atienza nos explica que uno de sus principales pilares es desmitificar la noción de que el Derecho puede ser reducido a la lógica. Por supuesto, el término lógica puede ser entendido desde una acepción estrecha (en donde se limita a la lógica formal, a un sistema meramente deductivo) o amplia (que incluye elementos de la lógica informal). De aquí conviene ver cómo el pensamiento realista influye considerablemente en el desarrollo del Derecho como argumentación, y entre sus precursores, el gran jurista americano Oliver Wendell Holmes, que expresa con una frase lapidaria:

 

“(…) la vida del Derecho no ha sido lógica, sino experiencia”

Atienza explica, al respecto, que la argumentación jurídica no se identifica con la lógica, pero la lógica es una dimensión esencial de la argumentación; a seguidas, procede a explicar la dimensión en que Holmes formula su crítica, que a pesar de que dicha frase es parte de su obra “The Common Law“, se entiende menor en una obra posterior, The Path of Law,  en la que expone la falacia de la lógica. A seguidas algunos pasajes de ese libro, citados por Atienza en su obra, que a su vez citamos nosotros en el presente blog. En otras palabras, no asumimos derecho de autor por lo que exponemos a seguidas, sino que forma parte de nuestro acervo de Notas Inéditas sobre Argumentación Jurídica:

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