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El Derecho no es lógica, sino más bien experiencia (Holmes)

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Oliver Wendell Holmes (1841-1935)

En el desarrollo de las Teorías de Argumentación Jurídica (TAJ), el profesor Manuel Atienza nos explica que uno de sus principales pilares es desmitificar la noción de que el Derecho puede ser reducido a la lógica. Por supuesto, el término lógica puede ser entendido desde una acepción estrecha (en donde se limita a la lógica formal, a un sistema meramente deductivo) o amplia (que incluye elementos de la lógica informal). De aquí conviene ver cómo el pensamiento realista influye considerablemente en el desarrollo del Derecho como argumentación, y entre sus precursores, el gran jurista americano Oliver Wendell Holmes, que expresa con una frase lapidaria:

 

“(…) la vida del Derecho no ha sido lógica, sino experiencia”

Atienza explica, al respecto, que la argumentación jurídica no se identifica con la lógica, pero la lógica es una dimensión esencial de la argumentación; a seguidas, procede a explicar la dimensión en que Holmes formula su crítica, que a pesar de que dicha frase es parte de su obra “The Common Law“, se entiende menor en una obra posterior, The Path of Law,  en la que expone la falacia de la lógica. A seguidas algunos pasajes de ese libro, citados por Atienza en su obra, que a su vez citamos nosotros en el presente blog. En otras palabras, no asumimos derecho de autor por lo que exponemos a seguidas, sino que forma parte de nuestro acervo de Notas Inéditas sobre Argumentación Jurídica:

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La falacia de la lógica.

La falacia a la que me refiero consiste en la noción de que la única forma operante del desarrollo del Derecho es la Lógica. En el más alto de los sentidos, ciertamente, esa noción sería verdadera. El postulado en que basamos el pensamiento del universo es la existencia de una relación cuantitativa fija entre cada fenómeno y sus antecedentes y consecuentes. Un fenómeno sin tales relaciones, si lo hubiere, sería un milagro; estaría más allá de la ley de la causalidad, y como tal, trascendería la esfera de nuestro pensamiento, o, al menos, sería algo hacia o partir de lo cual podríamos razonar. La condición de nuestro penar el universo es que pueda ser pensado racionalmente, o, en otras palabras, que cada una de las partes sea efecto y causa en el mismo sentido en que lo son aquellas partes con que estamos más familiarizados. Por eso, en un sentido latísimo, es verdad que el Derecho, como todo otro objeto, está hecho a un desarrollo lógico. El peligro a que me estoy refiriendo no reside en la admisión de que los principios que regulan otros fenómenos regulan también el Derecho, sino en la noción de que un determinado sistema jurídico –el nuestro, por ejemplo– puede ser construido, como las matemáticas, a partir de ciertos axiomas generales de conducta. Este es el error natural de las escuelas, pero no les es exclusivo. Yo recuerdo haber oído decir, en una oportunidad, a un juez eminentísimo, que él jamás dictaba una sentencia sin estar absolutamente seguro de haber dado con la solución exacta. Quienes así piensan muchas veces critican la práctica de la disidencia judicial en los tribunales colegiados, como si ella simplemente significara que la mayoría o la minoría se ha equivocado en la suma, y que, de haber hecho las cosas con más preparación y detenimiento, la unanimidad habría sido inevitable.

Esta forma de pensar es completamente natural. La preparación de los juristas es preparación con Lógica. Los procesos de analogía, de establecimiento de distinciones y de deducción hacia el ambiente intelectual del jurista. El lenguaje de las sentencias judiciales es, sobre todo, el lenguaje de la Lógica. Y la forma y el método de la Lógica satisfacen esa ansia de certidumbre y de reposo que alberga toda mente humana. Pero, generalmente, la certidumbre no es más que ilusión y el reposo no es el destino del hombre. Detrás de la forma lógica yace un juicio acerca del valor y la importancia que se atribuye a fundamentos legislativos contrapuestos, un juicio que permanece generalmente inarticulado e inconsciente, es verdad, pero que no por ello deja de ser raíz y nervio de todo proceso. Podéis dar forma lógica a cualquier conclusión. Podéis leer siempre una condición implícita en un contrato. Pero ¿por qué lo hacéis? Simplemente, por cierta creencia relativa a las prácticas de la comunidad o de una clase, o por efecto de cierta opinión referente a la política jurídica, o, en resumen, por cierta actitud vuestra con relación a determinado asunto, actitud que no admite una exacta medición cuantitativa, y que no puede, por consiguiente, fundamentar conclusiones lógicas exactas. Tales asuntos se constituyen en escenarios de una lid en que no existen medios aptos para realizar determinaciones con pretensión de validez universal, y donde la decisión no puede sino dar cuerpo a la preferencia de un organismo determinado, en un cierto tiempo y lugar.

10583998_10208828144918677_760095710687117808_n¿Por qué el Juez indica al jurado que un empleador no debe pagar indemnización a su empleado por un accidente sufrido en el desempeño de su empleo a menos que aquél haya sido negligente, y por qué el jurado aprovecha la menor oportunidad para decidir esos casos a favor del demandante? La respuesta consiste en que la orientación tradicional de nuestro derecho es circunscribir la responsabilidad en general a aquellos casos en los cuales un hombre prudente podría haber previsto el daño, mientras que una gran parte de la comunidad se inclina a ciertas clases de personas garantes de la seguridad de aquellos con quienes trabajan.

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Me parece que los mismos jueces han omitido reconocer adecuadamente su deber de apreciar las consideraciones de ventaja social. Tal deber es inevitable, y el resultado de la aversión judicial, muchas veces proclamada, a tomar en cuenta dichas consideraciones, es simplemente el de dejar inarticulados y a menudo inconscientes, como ya he dicho, los propios fundamentos de sus sentencias. Cuando por primera vez empezó a hablarse de socialismo, las clases más acomodadas de la comunidad fueron sensiblemente conmovidas. Tengo la sospecha de que su temor ha influido sobre la acción de los jueces, tanto en este país como en Inglaterra; empero, no cabe duda que tal sentimiento no es un factor consciente de las sentencias a la que me refiero. Creo que algo similar ha llevado a ciertos grupos, ya sin esperanzas de ser mayoría en la legislatura, a considerar a los tribunales como los expositores de las respectivas Constituciones, y a algunos tribunales como descubridores de nuevos principios, ajenas al cuerpo de aquellos instrumentos, generalizables como aceptación de doctrinas económicamente prevalecientes cincuenta años atrás, una como prohibición general de aquello que un tribunal de juristas no cree justo.

Estoy convencido de que si la preparación de los juristas los acostumbra a considerar en forma más definida y explícita las ventajas de orden social que deben fundar las reglas que formulan, vacilarán a veces donde hoy más seguro se sienten, y tendrían que reconocer que realmente estaban tomando partido en cuestiones debatibles y muy a menudo candentes.

Holmes, Oliver Wendell, “La senda del Derecho”, 1975 (Citado por Atienza, Manuel, “Curso de Argumentación Jurídica”, editorial Trotta, Madrid, 2013, pp. 32-35)

 


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