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¿Es República Dominicana un Estado Constitucional de Derecho? (2 de 3)

…viene de la primera parte

La desmitificación del Estado de Derecho Legal

El apartado anterior parecería un exabrupto mal ubicado dentro del contenido de este texto, pero es importante el aclarando anterior precisamente para poder explicar este paso, ya que el paso de un Estado de Derecho Legal a un Estado de Derecho Constitucional aún conserva la palabra “Derecho” en ambas nomenclaturas, lo que implica que lo que realmente tuvo que haber cambiado fue la concepción misma de Derecho. Como se establecía anteriormente: El EDL implicaba un tributo a la ley como símbolo de una sociedad libre, democrática e independiente, que fracasó precisamente por no dar en la diana del problema que permaneció intacto aún desde el Estado pre-moderno: el elemento humano, en un mundo donde el hombre es el lobo del hombre, estará latente la cuestión de la dominación.

El Derecho pre-moderno otorgaba legitimidad a los monarcas, a los emperadores e incluso a un grupo de hombres “sabios” en base a todo tipo de excusas: es la mano derecha de dios, es un dios, su linaje puede ser rastreado directamente hasta el primero que clavó una espada en la piedra o algo así, y demás cosas (que ahora nos parecen absurdas). Ese criterio de legitimidad de la dominación irracional lo sustituimos con el advenimiento del Estado Legal con otro: La idea de un soberano en la legislación, tal si no fuera el producto de hombres, tal si las divisiones políticas fueran de ideas y no de intereses, tal si no se pudiera comprometer (y corromper) el contenido de una ley cualquiera. La idea que implicaba una victoria del Derecho hacia la política hizo implosión en sí misma, dando más bien al Derecho el lugar de instrumento para cualquier fuerza política.

El siglo XX fue testigo, de esta manera, de las peores atrocidades humanas cometidas con el apoyo y el aval legislativo, y por ello tuvo que ser re-concebida la noción de Derecho, rescatando postulados iusnaturalistas que, si bien también sirvieron de instrumentos de injusticia en su momento, hoy por hoy implicaban redescubrir la fuente axiológica del Derecho para su aplicación en sociedad: y es que más importante que el texto cambiable de una ley, debían ser elementos intangibles, aquellas cosas que llamamos principios, aquellas cosas que llamamos valores. Aquello que consideramos nuestro por el sólo hecho de serlo, sin que se requiera verificación legislativa. Fue así como la segunda mitad del siglo XX constituyó el renacimiento de los Derechos Humanos, que pasaron de ser simples derechos subjetivos supeditados al trabajo que realice el Derecho objetivo, y más es éste último que encuentra sus verdaderos límites cuando choca de frente con los primeros.

Ante esta dimensión, las Constituciones pasaron de ser instrumentos políticos a verdaderos instrumentos normativos de aplicación directa, en donde la ley dejó de tener hegemonía incuestionable, y se vuelve ahora el principal instrumento en tela de juicio. Ya no es sólo el procedimiento formal lo que se observa para determinar su validez, sino si su contenido se ajusta a las exigencias constitucionales modernas.

Volviendo al caso dominicano…

En República Dominicana, aún para mis años de estudiante de Derecho (2002-2006), hablar de derecho constitucional era hablar de poesía inútil que carece de utilidad en la práctica jurídica. Hoy por hoy, esta es una realidad en proceso de cambio, ya que con el tema de la constitucionalización del Derecho, las materias que antes se enseñaban con una separación cortante (derecho civil con derecho penal, por ejemplo), hoy buscan puntos de acuerdo en las reglas mínimas del debido proceso contenidas en la Constitución, creando un criterio de unificación para todo lo jurídico en base al texto constitucional.

El Estado Constitucional del Derecho. ¿Ya llegamos o vamos de camino?

No es lo mismo hablar del tránsito hacia esta tierra prometida, que llegar finalmente a ella. Hablar de vivir en un Estado Constitucional refiere a una especie de “nirvana jurídico y estatal” (no quise utilizar la palabra “utopía”, debido a la carga peyorativa que lleva estos días), es decir, el nivel más alto de exaltación al que puede llegar el derecho, donde el espíritu constitucional (no necesariamente el texto) es vivido no sólo por los operadores jurídicos, sino más bien por toda una cultura estatal. En un Estado Constitucional, son los derechos subjetivos que fijan el paso del Derecho objetivo, y es este norte filosófico que debe asumirse en todas las actuaciones estatales. Respetar exigencias constitucionales implica, por supuesto, subrogar el poder de la propia democracia liberal decimonónica a una nueva concepción de democracia: aquella democracia en donde la voluntad popular no es la que pesa, sino la voluntad racional y coherente con la preservación de los derechos fundamentales. Vivir en el Estado de Derecho Constitucional significa un espacio de compromiso en una sociedad que tolera la diversidad cultural, pero también un centro intangible al que cláusulas pétreas no negociables.

La pesadilla dentro del mismo sueño

El detalle es que, como es entre seres humanos que vivimos, la dominación siempre será un factor imperante. Y si pudo sobrevivir el paso del Estado pre-moderno al Estado Legal, no hay duda de que puede sobrevivir en el Estado de Derecho Constitucional, y esto lo logra precisamente por la principal debilidad que representa este tipo de derecho: es una materia sumamente abstracta.

Ese nivel de abstracción, combinado con la necesidad de una cabeza, expone a que las interpretaciones de la Constitución hacia el caso concreto, dependa de la buena voluntad del intérprete autorizado. Ya los peligros del caso dominicano han sido precedentemente advertidos, y no es necesario sobre-esbozar sobre una cuestión tan reiterada en este portal, pero queremos tomar este punto de equilibrio precisamente porque hemos detallado la idea del tránsito hacia el EDC, y la idea de llegar definitivamente a esta tierra prometida, son dos cosas aparte.

Una Constitución en valores

El detalle de lo anterior es que podrá usar la nomenclatura de “Estado Constitucional de Derecho”, pero es más bien una parodia macabra de lo que este concepto implica, ya que implica superación, catarsis, y compromiso. Implica aceptar que ley no es sinónimo de Derecho, sino apenas una ilustración de uno de sus elementos; implica construir un mejor concepto de Derecho, uno que se ajuste a las necesidades actuales de nuestra sociedad, y que no se aparte de los valores fundamentales en que fue cimentada; implica el cierre de las malas prácticas y de referirse a la Constitución como un pedazo de papel; pero sobre todo, implica asumir el compromiso de tomar el derecho en serio, de entender que lo decidido por un tribunal, si no es conforme a los parámetros actuales del Derecho, no sólo es una sentencia viciada, sino una estocada a los propios valores en que se funda la sociedad. Ojo, esto último no es positivismo ideológico, sino tomar seriamente en cuenta que si bien ha sido desmitificada la noción de generalidad y certeza que antes tenían las normas jurídicas, hoy tenemos el compromiso de ir construyendo de manera coherente el Derecho, descubriendo su verdadera esencia y hacerlo operativo en la práctica.

Si decimos que una decisión en la que se le obliga a un joven hacer la comunión es una decisión contraria al Derecho, debemos decirlo no porque la Constitución refleje positivamente su derecho a la elección en tal sentido, sino más bien porque aun cuando no lo diga, se trata de una prerrogativa fundamental que no requiere positivización en primer lugar. Es contrario al Derecho, sencillamente por el mero hecho de que está mal, y punto.

Y una vez más en República Dominicana

El problema de República Dominicana, aparentemente, es que una cultura accidentada con toda una amalgama de cada una de estas etapas: Tenemos gobernantes y gobernados, que aun cuando su cargo es meramente representativo y fueron electos por vía de la democracia (o sea, ellos se deben al pueblo y no a la inversa), se sigue el mismo servilismo feudal propio del Estado pre-moderno. Por más “moderna” que se quiera vender nuestra Constitución, seguimos enseñando el Derecho con las mismas cátedras de Napoleón y Justiniano, que versan sobre un derecho codificado en el que todo está escrito, y donde la Constitución sirve como Código de Derecho Constitucional, y no como instrumento fundamental. Y del Estado Constitucional del Derecho lo que nos queda es la retórica vacía, carente de valores y carente del compromiso efectivo para hacer valer la Constitución de 1844. Hoy por hoy se enseña que nuestra Carta Magna ha sido modificada de manera incontable (como el personaje principal de James Bond o de “Doctor Who”), pero no se precisa en establecer que siempre ha sido la misma Constitución.

…continúa en la tercera parte


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