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Mis consideraciones sobre [los debates generados por] la sentencia 168-2013 del TC

Sobre el tema del Tribunal Constitucional había agotado toda una oda especulativa sobre el paradigma que iba a representar en República Dominicana, los poderes con que iba a contar, y el efecto que sus decisiones implicarían para el ordenamiento jurídico, en cuanto a su coherencia interna se refiere. Digo especulativa, en tanto que al momento del escrito no había sido puesto en funcionamiento, sino meramente creado por la Constitución. Hoy en día, luego de casi dos años, y muchas decisiones paradigmáticas, el TC se ha convertido en tema jurídico obligatorio entre expertos, aficionados y gente que simplemente vive del cuento; y todo esto gracias a una de sus más recientes decisiones: La sentencia 168-2013. Y no es casualidad ese grado de popularidad, ya que ha trastocado uno de un tema tabú en la sociedad dominicana: El haitiano en R.D.

En efecto, no es necesariamente la doble nacionalidad como problemática social, o las debilidades y fortalezas de una política migratoria, ni la correcta interpretación de las excepciones al jus-soli como forma de adquirir la nacionalidad, ni siquiera el alcance de los poderes bien manifestados en la decisión en marras… No, damas y caballeros, el concepto problemático se resume al haitiano en República Dominicana, y es la eterna discusión que revivo cada vez que me asomo a una red social: los haitianos esto, los haitiano lo otro, el problema de Soberanía Nacional, que en 1844 (en serio, tocaron la historia patria como argumento a favor), y un montón de cosas más.

Viendo el enfoque adonde orientan los debates, y las amenazas que incluso realizan de un lado hacia el otro: entre llamar “racista, xenófobo anti-haitiano” al que la apoya, y “pro-haitiano traidor, chantajista y fariseo” a quien tiene una opinión contraria. A mí mismo me digo: “Mí mismo, no comentes, no des like, no retuitees ni trates de contestar por esa misma vía… lee y quédate callado”, ya que iniciar un debate racional con ese agrío en el escenario va de lo absurdo a lo imposible. Por ello ni me he detenido a realizar un análisis jurídico, detallado y objetivo de la decisión [¡y que son 147 páginas!], pero prometo hacerlo, pidiendo a condición previa que, en cuanto a los debates, podamos agregar unas líneas generales:

  • Leamos la sentencia [¡Sí, sé que son 147 páginas!], entre 10 interlocutores que favorezcan mi opinión que no hayan leído la decisión y un detractor que sí lo haya hecho, prefiero el segundo; porque los debates no son necesariamente para ganar/perder, sino para aprender algo en el proceso y construir un mejor mundo.
  • Evitemos politizar el tema, aun cuando la propia decisión está cargada de política, por la naturaleza del caso. Hacer un análisis político a una decisión jurídica es tan efectivo como realizar un análisis jurídico a una maniobra política. Si realmente queremos construir un debate, pero inmediatamente decidimos tomar un partido sin escuchar al contrincante, eso no es debate [o al menos, no es un debate jurídico].
  • Vea el panorama general. No limite el tema a “haitianos” y a “soberanía” ni a “discriminación”… y vea el real macro detrás de esa decisión, que es el mismo que aplica para las 167 decisiones anteriores: El poder que tiene ese alto órgano constitucional en sus manos. Si tiene oportunidad verifique que casualmente en la mayoría de las decisiones, los votos disidentes son emitidos por un mismo grupo de jueces, intercalándose uno que otro en par de decisiones, lo que dice mucho del reverso: ¿Quiénes [siempre] hace mayoría absoluta en ese tribunal? ¿Quiénes son los que escriben los votos y quienes se adhieren? ¿Por qué en una misma decisión tenemos hasta tres votos disidentes, indicando que ni los que disiden llegan a un consenso?

Culmino este artículo recordando la necesidad de que un sistema jurídico tenga un mínimo de coherencia interna, donde no todas las decisiones pueden ser iguales, pero deben ser argumentadas razonablemente en tanto se vea que fue el real ejercicio de una democracia deliberativa. Hoy en día el TC como institución tiene sobre su cabeza la Espada de Damocles, en donde cada decisión puede representar la continuación o la ruptura de un Estado Constitucional y Democrático de Derecho, y que acercándose los vientos de la política dominicana, todas sus decisiones quedarán ante una lupa histórica en la comunidad jurídica, dominicana e internacional.

Atm


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